
Masonería y educación, una escuela para cambiar el mundo
Masonería y educación
«Una escuela para cambiar el mundo»
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Masonería y educación, una escuela para cambiar el mundo
La masonería no es una escuela como las otras. No tiene pupitres ni pizarras, pero sí un método. No reparte títulos, pero sí transforma vidas. Su objetivo no es enseñar datos, sino despertar conciencias. Y su ambición última no es acumular saber, sino alumbrar un mundo nuevo, uno más justo, más libre y más fraterno.
Esta vocación educativa ha estado presente en la masonería desde sus orígenes. La relación entre masonería y educación ha sido constante: dentro del templo, como un proceso simbólico y ético, y fuera de él, como compromiso con el progreso social.
Desde su origen moderno en el siglo XVIII, la masonería ha sido mucho más que una sociedad iniciática o una fraternidad filosófica: ha sido una verdadera escuela de vida. Una escuela discreta, sí, pero profundamente comprometida con la formación de sus miembros y con la mejora de la sociedad. Como bien explicó el historiador Pedro Álvarez Lázaro, la masonería desarrolló en el siglo XIX “uno de los modelos más originales y acabados de educación no formal concebida para adultos”.
La educación masónica no se limita a la transmisión de ideas. Lo suyo es un arte de la transformación interior. Se educa mediante símbolos, rituales, lecturas, debates y reflexión. Cada grado iniciático representa una etapa en un itinerario personal y colectivo de perfeccionamiento. El Aprendiz cultiva la atención y la ética; el Compañero amplía su horizonte cultural y social; el Maestro aprende a actuar con madurez, justicia y compromiso. Pero incluso más allá de estos tres grados simbólicos, los altos grados proponen un ideal de ciudadanía activa en defensa de los derechos y libertades fundamentales.
Masonería y educación: una escuela de ciudadanía
La masonería, como sistema educativo, articula dos tipos de enseñanza complementaria. Por un lado, la enseñanza esotérica, basada en el simbolismo, los ritos y el progreso iniciático. Por otro, la exotérica, que se proyecta en la palabra compartida: conferencias, debates, certámenes, publicaciones, veladas y discursos. En ambos casos, el objetivo es el mismo: formar ciudadanos libres, responsables y críticos, capaces de actuar en su entorno.
Uno de los testimonios más reveladores lo ofrece la logia Señera de Valencia, que en 1892 afirmaba: “Nuestro fin no es otro que adiestrarnos en la discusión y poner en ejercicio nuestras facultades intelectuales, consiguiendo así mayor cultura y mejor disposición para solucionar los problemas”. Lejos de los clichés sobre el secretismo, la masonería fue, para muchos de sus miembros, una escuela abierta al mundo, preocupada por los males sociales de su tiempo.
Educar para transformar
Durante el último tercio del siglo XIX, en plena crisis del modelo liberal español, muchas logias se convirtieron en verdaderos focos de educación popular. Algunas impulsaron bibliotecas y centros culturales; otras promovieron campañas por la libertad de prensa, la abolición de la esclavitud o el sufragio universal. En todos los casos, el convencimiento era el mismo: la educación es el verdadero motor del progreso.
Un ejemplo especialmente ilustrativo de este compromiso lo encontramos en la logia América de Ubrique. A finales del siglo XIX, en un entorno rural marcado por el caciquismo y la pobreza, sus miembros impulsaron una escuela laica para adultos, una biblioteca y un círculo cultural. Todo ello con medios propios y con un claro objetivo regenerador: formar a una nueva generación de ciudadanos libres. Esta experiencia, aunque localizada, refleja el espíritu con el que tantas logias españolas entendieron su deber masónico: intervenir en la sociedad para transformarla desde la base, a través de la educación.
Más allá del templo: educación masónica en acción
Lo vivido en Ubrique no fue un caso aislado. Otras logias en Cataluña, Galicia, Madrid o Canarias organizaron conferencias sobre derechos sociales, instrucción pública o igualdad de género. Las logias filipinas, por su parte, hicieron de la educación una trinchera frente al colonialismo y el oscurantismo. En todos los casos, la masonería supo ser un espacio de formación cívica cuando la escuela estatal no llegaba o no bastaba.
Este compromiso atravesaba las columnas del templo y llegaba al mundo profano. Para muchos masones del XIX, la mejor plancha era una biblioteca, una clase de historia o una escuela nocturna abierta al pueblo. Y el mejor ritual, el que se escribía con tiza en una pizarra, formando al obrero, al jornalero, al joven que quería aprender a leer.

Una escuela para cambiar el mundo
Hoy, en un tiempo de crisis múltiples —ecológica, democrática, educativa—, la vocación pedagógica de la masonería sigue teniendo sentido. Porque educar, en el fondo, no es otra cosa que construir futuro. Y construir futuro, si se hace con libertad, igualdad y fraternidad, es un acto profundamente masónico.
En ese sentido, la alianza entre masonería y educación no pertenece al pasado: sigue siendo una vía válida para formar personas críticas, éticas y comprometidas con el mundo que construimos juntos.
Quizá por eso, cuando un aprendiz traza su primer paso o un maestro comparte su plancha, todos —en lo profundo— estamos haciendo lo mismo: aprendiendo a ser mejores para que el mundo también lo sea. La masonería es, ante todo, una escuela de humanidad.
Bibliografía
- Álvarez Lázaro, Pedro. La masonería, escuela de formación del ciudadano. La educación interna de los masones españoles en el último tercio del siglo XIX. Madrid: Universidad Pontificia Comillas, 1996.
- Morales Benítez, Antonio. El compromiso de la masonería con la educación a finales del siglo XIX. El caso de la logia América de Ubrique (Cádiz). REHMLAC+, vol. 9, núm. 1, 2017, pp. 115–126.
- Álvarez Lázaro, Pedro. La masonería española y la cuestión social, 1868-1936. Madrid: Fundación Santa María, 1985.
- Morales Benítez, Antonio. El ideal educativo de la masonería española en el último tercio del siglo XIX.
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