Simbolismo en el cómic: cuando la viñeta habla en clave
«Una lectura de Corto Maltés y Venecia como pedagogía del misterio en la cultura de masas»
Aportado por Redacción
Hay historias que no avanzan solo por lo que ocurre, sino por lo que se sugiere. En ellas, el argumento es la superficie y el verdadero movimiento sucede en otra capa: la del signo que se repite, la del objeto que parece banal, pero pesa como una llave, la del umbral que obliga a mirar de otra manera. En ciertos cómics —y en particular en los de Hugo Pratt— esa segunda capa no es un adorno “esotérico”: es el motor secreto de la experiencia de lectura. Ese es, precisamente, el punto de partida de este artículo: entender el simbolismo en el cómic como una forma de lectura, no como un adorno.
La paradoja de dibujar lo discreto
Todo lenguaje simbólico vive en una tensión: necesita ser compartido para existir, pero se desnaturaliza si se vuelve transparente. En la cultura de masas esa paradoja se multiplica. ¿Cómo introducir un universo de signos que, por definición, pide reserva, sin convertirlo en espectáculo, cliché o simple decoración?
La solución más inteligente no consiste en explicar el símbolo —eso lo mata—, sino en integrarlo como forma. Dicho de otro modo: el símbolo no aparece como “tema”, sino como método narrativo. Cuando hablamos de simbolismo en el cómic, hablamos de esto: de un lenguaje que organiza la experiencia del lector sin explicarse del todo. Si el lector entiende todo, el símbolo se reduce a ornamentación. Si no entiende nada, se vuelve ruido. Entre ambos extremos hay un territorio fértil: el de la doble lectura, donde el profano disfruta la aventura y quien conoce ciertos códigos percibe una arquitectura más profunda sin que el relato deje de funcionar.
Una estética iniciática: menos iconos, más gramática
Cuando hablamos de “estética iniciática” conviene separar dos niveles. El primero es el de los iconos reconocibles (instrumentos, geometrías, suelos ajedrezados, luces, columnas, palabras rituales). El segundo —más importante— es el de la gramática: cómo esos elementos ordenan el sentido, cómo generan ritmo, cómo convierten el espacio y la luz en pensamiento.
En Pratt, la estética iniciática se percibe sobre todo como:
- Geometría moral: líneas y proporciones que no solo describen un lugar, sino una idea de orden (o de pérdida de ese orden).
- Dramaturgia de la luz: la luz no ilumina; revela. Y la sombra no oculta; protege o amenaza.
- Herramientas como conceptos: un instrumento deja de ser un objeto para convertirse en una forma de medir el mundo: rectificar, trazar, equilibrar, cortar.
- Espacios que obligan a pasar: puertas, bóvedas, pasadizos, puentes. El símbolo se activa cuando hay tránsito.
El resultado es que el lector no “ve símbolos”; entra en un régimen simbólico de lectura. Empieza a sospechar que cada objeto está colocado con intención, que cada repetición tiene peso, que cada recorrido enseña algo más que un desplazamiento físico.
Leer masonería en la literatura no es buscar contraseñas: es mirar cómo un relato pone a prueba la fraternidad y abre —o cierra— el sentido de los símbolos.
La página como arquitectura: el cómic como templo secuencial
El cómic tiene una ventaja privilegiada para este tipo de operación: es un arte de la secuencia. La viñeta es estancia; la página, planta; el salto de una viñeta a otra, pasadizo. La elipsis —eso que no se muestra— es una puerta cerrada que, paradójicamente, activa la imaginación.
Pratt trabaja el relato como una arquitectura de umbrales. No solo narra aventuras; diseña pruebas: una persecución que termina en caída, una conversación que funciona como acertijo, una ciudad que se abre por capas. Es un modo de narrar que no depende de grandes explicaciones, sino de una sensación: “aquí hay algo más, pero no me lo van a dar en bandeja”.
Esa economía —decir menos para que el lector piense más— es fundamental. Una estética iniciática se estropea cuando se vuelve pedagógica en el mal sentido: cuando explica lo que debería insinuar. Pratt, en cambio, convierte el conocimiento en atmósfera: el lector lo respira antes de comprenderlo.
Venecia: la ciudad como máquina de signos
Hay ciudades que sirven de escenario y ciudades que funcionan como dispositivo narrativo. Venecia, en este imaginario, no es un decorado; es una máquina simbólica: laberinto, espejo, máscara, agua, umbral. Es una ciudad que enseña una forma de moverse y, por extensión, una forma de leer.
- Agua y puentes: todo paso es elección; toda elección es renuncia.
- Máscaras: la identidad es función, no esencia. Y el secreto no es una conspiración: es un método de relación con el mundo.
- Arquitectura acumulada: el pasado no está detrás; está dentro. Se camina sobre capas.
En ese contexto, la aventura deja de ser un “viaje” y se convierte en una iniciación laica: el protagonista atraviesa espacios que lo modifican. El lector, sin darse cuenta, hace lo mismo: aprende a distinguir entre lo que ocurre y lo que significa.
Corto Maltés como lector modelo: ironía, distancia, deseo
Corto no es solo un héroe; es un modo de conciencia dentro de la historia. Su rasgo más decisivo no es la valentía, sino la capacidad de interpretar. En un universo donde los signos se multiplican, Corto actúa como el lector ideal: no cae en la credulidad, pero tampoco en el cinismo. Se permite el misterio sin entregar su libertad.
Tres rasgos hacen de él un lector modelo:
- Ironía: la ironía protege del dogma. Permite tocar lo sagrado sin convertirlo en sermón.
- Distancia: Corto participa, pero no se disuelve. Esa reserva es su forma de soberanía.
- Deseo de saber: su curiosidad no es acumulación; es brújula. No busca “respuestas”, busca orientación.
Por eso funciona tan bien en tramas donde el símbolo es el verdadero motor: porque Corto no necesita entenderlo todo para avanzar. Le basta con reconocer que hay una puerta y que vale la pena cruzarla.
Tres mecanismos de traducción simbólica en Pratt
Objetos-umbral: la llave disfrazada de baratija
En muchos relatos de aventuras, el objeto es un “macguffin”: algo que pone la trama en marcha, pero cuyo contenido es indiferente. En Pratt, el objeto suele ser otra cosa: un umbral. No resuelve; abre. No concluye; deriva.
Es frecuente que el objeto aparezca con ambigüedad: talismán, sello, mapa, piedra, texto, clave. Su función no es “explicar” el misterio, sino concentrarlo. El lector aprende una regla: cuando el objeto está ahí, no hay que mirarlo por lo que vale, sino por lo que activa.
Topografía iniciática: la ciudad como ritual
El segundo mecanismo es espacial. Pratt organiza el recorrido como si la geografía fuera una ceremonia: desviaciones, calles que devuelven al inicio, accesos prohibidos, caídas que llevan a estancias inesperadas. No es turismo; es tránsito con consecuencias.
El espacio se convierte así en argumento. El héroe no solo “llega”; pasa. Y cada paso tiene un coste: el coste de abandonar una lectura literal para adoptar una lectura simbólica. La ciudad, entonces, no es un lugar: es una prueba.
El sueño como rito narrativo: el acceso por la vía oblicua
Cuando el relato entra en sueño, muchos autores lo usan como licencia para el delirio. Pratt lo usa como herramienta de conocimiento. El sueño no es fuga: es un rito narrativo que permite que entren mitos, genealogías, ecos culturales sin someterlos a explicación.
La eficacia del sueño está en que modifica el pacto con el lector. En la vigilia pedimos causalidad. En el sueño aceptamos correspondencias. Y el símbolo vive precisamente de eso: de la correspondencia antes que de la demostración.
Simbolismo en el cómic: cómo se produce la doble lectura
El gran logro de este enfoque es que no excluye. Un lector puede disfrutar Corto Maltés como relato de peripecia, ambiente y carisma. Otro, más insistente, puede leerlo como un sistema de signos. Ninguno “lee mal”. Lo que cambia es la intensidad de la atención.
- Señales evidentes y signos discretos: lo visible atrae; lo discreto sostiene.
- Humor como cortafuegos: contiene la solemnidad cuando amenaza con convertir el símbolo en dogma o consigna, y lo devuelve a su función principal, que es sugerir más que imponer.
- Ritmo de revelación: no se entrega el sentido; se dosifica. El lector participa.
Este modelo es, en el fondo, una pedagogía sofisticada: enseña sin dar lecciones. No convierte el misterio en manual; lo convierte en práctica.
Lectura crítica: tres riesgos habituales
Cuando el símbolo entra en la conversación pública, aparecen malentendidos previsibles. Conviene desactivarlos, porque empobrecen la lectura.
- Confundir símbolo con conspiración: el símbolo no prueba tramas ocultas; expresa estructuras de sentido.
- Leer el exotismo como “evidencia”: En Pratt, lo extraño suele ser un recurso poético: crea atmósfera y sentido. No está ahí para ‘documentar’ una realidad histórica probatoria, no certifica.”
- Reducirlo todo a una clave única: el símbolo es plural; si una interpretación lo explica todo, probablemente está simplificando.
La ética de lectura aquí es simple: atender a lo que la obra hace (ritmo, montaje, repetición, espacio), no solo a lo que parece “representar”.
Una pedagogía del misterio para el siglo XX
En un tiempo que pide explicaciones inmediatas, Pratt apuesta por otra cosa: por el misterio bien construido. No el misterio como truco, sino como forma de respeto al lector. Su cómic sugiere que la aventura más importante no es encontrar un tesoro, sino aprender a mirar: distinguir el señuelo del signo, la anécdota de la estructura, el mapa del territorio.
Ese es el punto decisivo: el secreto no se cuenta; se vuelve legible. Y cuando una obra logra eso, no nos entrega una respuesta, sino una herramienta. Salimos de la lectura con una nueva competencia: la capacidad de sospechar que, en ciertas viñetas, lo más importante no está en primer plano.
Si esta lectura te ha abierto una puerta, prueba a releer tus álbumes favoritos buscando el simbolismo en el cómic: no para ‘descifrar’ una clave única, sino para entrenar una mirada más libre y más atenta al sentido.”
Lecturas recomendadas
Masonería mixta
La mixticidad como principio
Una diferencia visible entre la masonería liberal y gran parte de la tradición regular es cómo se organiza el acceso de las mujeres. En muchos cuerpos regulares la práctica sigue siendo masculina y se apela a la continuidad de las antiguas normas. En cambio, la masonería mixta liberal y adogmática entiende que la igualdad entre mujeres y hombres no es un añadido, sino una condición de coherencia con la fraternidad. Ahora bien, conviene matizar que en el mundo anglosajón existen también obediencias femeninas separadas con las que la Gran Logia Unida de Inglaterra mantiene relaciones cordiales, aunque sin intervisita ritual.
Antecedentes y excepciones tempranas
Aunque la masonería moderna se organiza en el siglo XVIII, su forma dominante se concibió durante mucho tiempo como una fraternidad de varones. Por eso, los casos de mujeres vinculadas a la masonería aparecen a menudo como excepciones y, en ocasiones, como relatos transmitidos por la tradición.
Un ejemplo conocido es Elizabeth Aldworth, llamada la Lady Freemason. La tradición irlandesa sitúa su iniciación a comienzos del siglo XVIII, ligada a una logia que trabajaba en Doneraile, aunque los detalles exactos varían según las fuentes y se presentan, en parte, como memoria histórica.
Las logias de adopción en Francia
En Francia, otra vía fue la llamada masonería de adopción. Se trataba de talleres vinculados a logias masculinas, bajo su tutela, que permitían la participación femenina con rituales propios. En 1774 el Gran Oriente de Francia reguló y reconoció este sistema, lo que favoreció su expansión, pero manteniendo una relación de dependencia respecto a los talleres de varones.
El hito de 1893: Le Droit Humain
El salto decisivo hacia la masonería mixta llega en 1893 con la fundación en París de Le Droit Humain, impulsada por Maria Deraismes y Georges Martin. A partir de ese momento, la mixticidad deja de ser una solución indirecta y pasa a ser un modelo pleno: mujeres y hombres inician y trabajan en igualdad, dentro de una estructura estable y con vocación internacional. Por eso, más que una anécdota histórica, 1893 marca un cambio de paradigma en la masonería mixta contemporánea.
